Inicio Opinión La responsabilidad de ser colombiano

La responsabilidad de ser colombiano

por Karolina Diaz

¿Qué se necesita en un país como Colombia para morir? En efecto, simplemente estar vivo. Claro está que esto debe suceder al interior de muchos países, pero esto no significa que se deba normalizar la violencia de cualquier índole, el abuso de autoridad y la falta de criterio para sentar precedentes.

Hace un tiempo se creía que las muertes, en su mayoría, estaban ligadas al conflicto armado, al narcotráfico o la delincuencia común, en todo caso, eran escasas las noticias que ahora son frecuentes sobre mujeres desaparecidas -fuera del contexto de guerra-, mujeres abusadas, maltratadas y asesinadas, y como si fuese poco la degradación del ser humano en sí mismo por realizar este tipo conductas, que no quede en el olvido de nadie y en la impunidad la violencia y el abuso sexual a una menor indígena por parte de miembros del ejército colombiano; adultos jóvenes asesinados por miembros de la seguridad colombiana bajo el nombre de una institución que vela por los derechos y la protección de los ciudadanos o incluso, en medio de manifestaciones pacíficas, lo cual, solo genera que pase a la voluntad de hacer este tipo de manifestaciones, casi de manera tácita, el gobierno lleve al pueblo a cambiar de metodología, es decir, volver al pueblo el villano, sin embargo, cabe recalcar que la mejor protesta, es la que se hace en las urnas, no obstante, se ha repetido tantas veces que las palabras parecen perder sentido cuando en realidad el poder, en definitiva, lo tiene el pueblo. No en vano, se carga con el lastre de la patria baba.

Restaurar las infraestructuras afectadas por las protestas recientes desencadenadas por el cumulo de barbaridades, abusos y vejámenes que ha soportado el pueblo, esos compatriotas -que tanto proclaman los gobernantes en épocas de elecciones- que han sido el blanco de un sinfín de atrocidades a lo largo de la historia no tienen comparación con la restauración de los derechos vulnerados de cada uno de esos ciudadanos que salió a gritar que se siente inconforme. Reparar una estructura de concreto, no se equipara con el dolor que debe vivir una familia que ha perdido a su hijo por crímenes de guerra, ni con la incertidumbre de la familia que aún no sabe dónde se encuentra su familiar desde hace más de diez años -quizá menos o quizá más-, tampoco con la familia que tiene desaparecida a su hermana, su hija, o su madre, mucho menos esa familia que sobrelleva la perdida y la ausencia de un hijo que salió a las calles a reclamar sus derechos y no hablemos de las secuelas emocionales que deja el vivenciar  secuestro, abuso y violencia sexual en la infancia -o en cualquier etapa evolutiva-  por quienes deberían proteger a la ciudadanía, incluso, quienes han vivido abusos sexuales o violencia intrafamiliar, y a pesar de las denuncias interpuestas, siguen sin ser escuchados y protegidos.

No se necesita que disparen, o que claven un puñal, o que levanten un mazo y golpear a una persona para matarla. Vivir después de un hecho traumático, indistinto de su condición, es estar muerto en vida, y es una muerte lenta, pausada pero segura, que oprime, ahoga y consume. Una sociedad que callan a punta de golpes, de miedo, de abusos.

No se debe tildar ni dividir las sociedades en dicotomías, buenos y malos, en dos bandos, sin embargo, la realidad es que existen personas que se caracterizan por su dedicación a través del tiempo, al restablecimiento y la reconstrucción de tejido social, del tejido humano, esa humanidad que se ha difuminado, distorsionado y casi que se ha vuelto traslúcida; mientras que por otro lado, están las personas que solo obran pensando de manera individual, y llevándose por delante lo necesario para salvarse a sí mismos.

En un país como Colombia, existen cosas maravillosas, pero entre tanta violencia y barbarie que opaca esas buenas acciones, parecen ser insignificantes. Resaltarlas, hoy en día entre tanta violencia, podría ser un respiro, pero también un acto de indiferencia e invalidación del dolor, una omisión empática por el otro, una falta de compromiso social.

Le puede interesar: ¿Realmente somos humanos?

“Las opiniones vertidas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de Dígame”

También te puede interesar: