Inicio Opinión Insomnio y tristeza profunda, lo que nadie te dice del COVID-19

Insomnio y tristeza profunda, lo que nadie te dice del COVID-19

por Karen Morena

Siempre había pensado que el COVID-19 era lo más positivo de los últimos 20 años, democratizó la muerte, se muere igual el rico que el pobre,  evidenció la ruda ruptura del sistema de salud y las consecuencias de su privatización; además mostró cómo cuando las cosas dan ganancias son privadas, pero cuando se necesitan para  para todos es obligación de lo público, el covid le puso negrilla a  la desigualdad que vivimos en Colombia y el mundo.

De alguna forma en un año de pandemia no me tocó ninguna muerte cercana, mi familia sigue intacta, mis amigos igual y quizás el que la muerte esté lejos, desdibuja la crudeza y los estragos que está dejando el coronavirus. Sin embargo, durante la pandemia me convencí de qué hay que vivir, que no hay que poner la vida en pausa y  hay que seguir, así que  una vez que los protocolos se regularon y   nos acostumbramos a vivir con el coronavirus,  retomé  mi vida,  eso sí, en un nivel de exceso de confianza que  me llevo a usar el tapabocas solo en lugares públicos,  de hecho, con vergüenza reconozco que lo usaba más por el otro que por mi misma.

Me preocupaba enfermar a la familia de alguien, al abuelo, o alguien con morbilidades o algo así,  y  por supuesto el COVID me pasó su factura, después de llegar de viaje con lánguidos  cuidados, recibí el positivo. En principio como siempre –  asumo por los rasgos de mi personalidad – con humor, con sabrosura,   incluso tomé del pelo con mis amigos, cuando me reiteraban los cuidados  y me daban consejos de aguas aromáticas y bebedizos con limón y miel, les repetía la  famosa frase que dice Diomedes Díaz en una entrevista,  “que yo no me quería morir, que si muerta estuviera mejor que viva,  que yo me muriera ya mismo, pero como yo no sé Ernesto”

Al final no solamente llegaron los síntomas propios del coronavirus, sino una profunda tristeza y un insomnio insostenible, con las consecuencias que ello acarrea en la salud mental, irritabilidad, desasosiego, ansiedad,  vacío  y demás.  Nunca pensé lo difícil que es estar sin  el olfato, bañarse una actividad  cotidiana, rutinaria y básica, no es lo mismo sin  el aroma del shampoo,  y así como se fue el olor del champú se me empezó a ir el sentido de la vida misma.

Con dolor recordé conversaciones con las cuales no estaba del todo de acuerdo, pero participé desinformando.   Riéndonos con un gran amigo  decíamos, que esto de la pandemia era  un proceso de selección natural, y él me afirmaba que era sobresaliente en la sociedad, y que la selección natural iba a hacer que no se muriera,  con sobrases asumimos que no nos tocaría, que seríamos asintomáticos, pero al COVID le importa un carajo si eres emprendedor, líder, Influencer, astronauta, maestro o lo que sea.

Cuando estuve de viaje una gran amiga quien perdió su marido pero en ese momento estaba en UCI,  me dijo: “me preocupa demasiado Karen verte sin tapabocas” y yo qué sentí que porque ya había tenido covid una vez,  ella era sobreprectora, pero,  el  marido de mi amiga falleció y por primera vez alguien cercano murió,  también el alcalde de Betulia, quien era  el vecino de mi abuela, y empecé a comprender el desasosiego de la enfermedad, ese 90% de ocupación  en UCIS, me recordaba ahora,  que si  me ponía grave la cosa en serio iba a estar grave, pero que además, tener un respirador no asegura mejorarse.

Valoré demasiado a la psicóloga de dígame.com.co, que  con cifras y artículos que pocos leyeron quería instruir sobre la importancia de la salud mental  en pandemia, fueron de las noticias menos leídas.

Lejos quisiera que esto sea una invitación a tener miedo de vivir, es más un recordatorio de la importancia del autocuidado y de la gran distancia que tenemos que mantener del exceso de confianza, si algo hay seguro en la pandemia es la incertidumbre de la muerte respirándonos en la nuca.

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